El lado oscuro.
Y tus letras sonarán siempre en mi mente como un Disco Eterno…

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Se lo debía a mi historia, se lo debía a los momentos a solas en mis tiempos colegio en los que la música fue el escape a una época difícil de mi vida. Su voz fue una de tantas. Inspiración, paz, recuerdos…  Hoy me importan muy poco las críticas, me importan muy poco las palabras que alegan: “¡Qué estúpido es escribirle a un muerto!”. Encontré siempre más estúpido no tener emociones, o más allá de ello, no tener la valentía de expresarlas.

 Nunca pensé en dedicarme a la música, pero eso no implica que no haya sido una parte muy importante de mi vida. Para mí es un oficio que requiere mucha disciplina y al que hay que tenerle respeto. No cualquier ocupación te permite llegar a seres tan disímiles haciendo uso de un lenguaje universal, no importa el tiempo, no existen barreras; y para mí existió esa voz, existió por muchos años y aún no ha muerto.  

Pocas cosas se comparan al hecho de escuchar finalmente esa voz que por tantos años estuvo contigo en un escenario en vivo. Creo, sin temor a equivocarme que pese a que no todo el mundo experimenta las mismas sensaciones a través de la música, cada persona, al menos una vez en su vida, ha desarrollado lazos emocionales muy fuertes con una persona que ni conoce, pero que posee esa voz, “la voz”.  Mi “romance auditivo” ha sido con varias voces, es innegable. Y he de decir que la voz de Gustavo Adrian Cerati fue una de ellas. Recuerdo embriagarme con los sonidos después de cada burla en el colegio, después de cada bala metafísica. Recuerdo liberarme de todas las reacciones de mi interior ante el rechazo y los malos tratos de algunas personas, recuerdo haber construido en mi interior otra “Ciudad de la Furia” y recuerdo también que todas estas melodías me llevaron a superar las vicisitudes que muchas veces conlleva la crueldad adolescente para aprender a enfrentarme al mundo años después. Díganme tonta, díganme emocional, díganme ridícula o lo que se les antoje. Esas etapas ya las viví y no en Redes Sociales sino cara  a cara y de parte de gente que me conocía y que yo conocía bien, con la que debía convivir; de modo que a la fecha, me enorgullece decir, que me importa muy poco, y es en parte gracias a toda mi experiencia con la música durante esos sucesos.

El ser humano es un ente tan frágil, tan volátil e indefenso, pero que bajo las circunstancias adversas y las decisiones adecuadas puede construir un carácter infinito. En mi caso, les parezca o no descabellado, parte de ese  crecimiento vino de muchas letras, muchos intérpretes, muchos artífices de mis pensamientos plagados de sonido. Es difícil que alguien llegue a entenderlo si no ha estado al menos cerca de experimentar algo parecido. Pero  uno no vino al mundo a que lo entiendan, ni a que no lo critiquen. Él vino a dejar recuerdos en algunos, odio en otros, a escribir buenos temas para algunos, pésimos para otros, a construir con toda la minuciosidad del mundo sus líneas para algunos, a escoger los versos incorrectos para otros, a ser lo que estaba llamado a ser para algunos, a tomar malas decisiones para otros ¿Qué es el ser humano para que un ser superior piense en él? ¿Y quién es el ser humano para juzgar a otros? Por mi parte, hoy, me enfoco en lo bueno que me dejó la existencia de un ser que sí, no va a leer eso, no soy idiota para no ser consciente de ello; pero no escribo para que a todo el mundo le guste, “Escribo por el placer de contradecir y por la felicidad de estar solo contra todos”.

Y tus letras sonarán siempre en mi mente como un Disco Eterno… Adiós Gustavo Cerati…

Siniestro.

Crujes los dientes, anhelas lo incierto

Ardes en llamas, añoras reencuentro.

El viento no corre, la angustia es el centro,

Conciencia entre el humo, ceniza por dentro.

El dedo en la herida, la cama vacía

Camina en el fuego, calcina la vida

Sonrisa que engaña, aprobación mal habida

Puñal por la espalda, la maldad desinhibida.

Jugando a la inocencia,  aprovechando la confianza

Los ángeles terminan siendo demonios

Es esa la única y mejor enseñanza.

Lo siniestro se oculta, se disfraza, se camufla

Lo siniestro es la ruta que a las almas transmuta…

No existe gran talento sin gran voluntad.
Balzac
Elegancia es la ciencia de no hacer nada igual que los demás, pareciendo que se hace todo de la misma manera que ellos.
Balzac
Las piezas completas
Del alma un faltante,
La vida, la muerte
La presencia inconstante…
El recuerdo no se queda,
El sonido conmemora…
La voz que condena,
Es lo grande y lo sublime…
Una piel que libera
El beso quema en un segundo…
Es la mirada que aligera
Y llena por completo el mundo..
Sangre a la vida: La tregua.

Sabía por primera voz que el silencio y la ausencia del pasado nunca debieron grabarse en el alma como un grito estridente.  Mi oscuridad y la del resto me habían inundado la existencia dejándome vulnerable a la peor de las hostilidades. Nuevamente, del sueño a la pesadilla. Nuevamente, deambulando como muerta en vida. Mi humanidad anterior yacía agonizante y en mí una inevitable urgencia de que dejase de existir. Creía necesario ser como los demás, finalmente tan fría como aquella piel que sólo se teñía con el carmesí de las gotas de sangre.  

La soledad no es aislarse, es sentirse vacío. Cualquiera podría ser víctima del mal que creí había transformado mi ser irremediablemente. Mentirse, aquella humana costumbre que sí parecía haber conservado intacta. El confinamiento no duró mucho, ni la crueldad fue compañera de batalla para siempre. He aquí una mirada digna de llenar mis insomnios…

Sabía por primera voz que en esas melodías me perdería. Esa voz digna y capaz de desarmar cualquier armadura.  Sabía por muchos intentos fallidos que su interior estaba igual o más resquebrajado que el mío. Mi traición a la especie fue no herirlo, sino querer curar sus heridas; no matar sus sentimientos, sino alimentar los míos; desechar mi soledad, hacerme parte de su vida. La traición a su humanidad fue darme alegría. Éramos dos extraños jugando al amor, sucumbiendo antes sus atajos. Curándonos las heridas, en un sagaz intento de alegría.

Necesite de más silencios para verle a los ojos, de más ausencias para aferrarme a su vida, de más canciones para hacerme compañía. Era esa lejanía la maldición, la sequía. Mi humanidad había vuelto, su sangre no me apetecía. Sólo quería esa voz, esa voz en la que de a poco moría… De no querer noches sin sus labios, ni la pálida piel sin su cercanía. Lo que me salvaba de la muerte en vida, lo que llenaba de calma la que parecía una interminable partida. Me negué a morir en lo oscuro. Se había declarado  una tregua, quizá para siempre, quizá esta era mi verdadera Sangre a la Vida…